Nadar contra corriente

La Navidad es el tiempo en que la Iglesia celebra uno de los dos puntos focales de su vida: La Encarnación de la segunda persona de la Santa Trinidad; el Hijo. Es en Navidad donde se nos recuerda que el Dios cristiano no permanece impasible ante la situación del hombre terreno; es en Navidad donde Dios se hace cercano, se hace Emmanuel, Dios con nosotros. Y ese movimiento de alejarse del Altísimo, no es ni aparente ni superficial, sino que es absolutamente real y concreto. Dios se hace hombre con todo lo que conlleva ser hombre, para que este, conozca el camino para ir hasta Dios.

Cuando el cristiano es capaz de entender el gran misterio que celebramos en estas fechas, puede entonces prescindir de toda la carga de simbología externa que salen a relucir en varios ambientes: los árboles de Navidad, las calles alumbradas con luces festivas, los regalos a los niños por Reyes o las cenas que se tratan de componer en familias. Toda esta exterioridad ha de responder a un sentido interior que da esta fiesta Navideña. En nuestro mundo actual, esta parte espiritual y más cargada de contenido va en declive, por no decir que ha desaparecido. Entonces todas las luces de colores son meros espejismos de algo que fue y ya no se conoce y no se vive. La Navidad corre el riesgo de ser una celebración pagana, más aún, una celebración comercial.

Toca a los cristianos ser voz en el desierto. Toca al cristiano hoy, ser aquello que Benedicto XVI decía del cristianismo futuro: dentro de la minoría, minoría significativa y nadar contra corriente. El cristiano ha de nadar contra corriente a la ola de la economía voraz, a la ola de la deshumanización, a la ola de la increencia generalizada. Ha de nadar en contra de la corriente de un mundo que no habla ya de Cristo, y ni siquiera parece interesarle, y mucho menos necesita.

El cristiano de Cuba ha de ser, más todavía, fiel creyente y convencido testigo de lo que ha visto y oído. Hemos de anunciar en este suelo, el mensaje de la Navidad: Dios con nosotros. En medio de la vida carente, en medio de la ruda y cruda realidad, ser sal del mundo y luz de la tierra que anuncia al Señor del Universo nacido y débil. El mensaje ha de ser transmitido, como dice el canto, “limpio y desnudo, fuente de paz y libertad”, sin el exceso de exterioridad infértil, que muchas veces acaba por distorsionar aquel puro mensaje.

Tenemos que rescatar este valor profundo de la Navidad. Hemos de sentirnos abrazados por el misterio que está presente en estas fechas, hemos de ser anunciadores creíbles de lo sublime de la Encarnación del Hijo de Dios, para primero creer nosotros y luego ser voz que grite al mundo:  ¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor! ¡El Señor ha nacido! ¡El Mesías ha llegado!

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